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La ciudad flotante

 

 

 

Existía una extraña ciudad a una distancia de treinta kilómetros, aproximados, por encima del Polo Ártico; los estudios que se habían hecho del lugar no explicaban cómo podía mantenerse en la atmósfera, sin que la atrajesen  las fuerzas de gravedad de la Tierra. Se pensaba que en algún momento de la formación del planeta, un trozo de corteza terráquea se había desprendido y permanecía en el espacio; sin embargo no obtuvieron explicaciones concluyentes sobre su origen.

 

La llamaban Ciudad Flotante, y así era conocida desde tiempo inmemorial.  Estaba poblada por diez mil habitantes y tenía una superficie de cien kilómetros cuadrados. El núcleo principal estaba en el centro, rodeando al Ayuntamiento y allí se concentraban las edificaciones antiguas. Más allá de la urbe no se podía ver con nitidez; estaba rodeada de precipicios y desde sus lindes sólo se divisaba una bruma de color blanquecino. Eran lugares prohibidos por su peligrosidad, una valla metálica cercaba la Ciudad y había vigilancia policial para evitar que la gente se aproximase y si eso ocurría, eran detenidos de inmediato, acusados de alterar el orden público.

 

Las viviendas tenían una forma arquitectónica similar, de hecho estaban diseñadas por un famosísimo arquitecto que aún vivía y era el dueño de varias casas. Se llamaba Estreor, y utilizaba acero y cemento como materiales de construcción; sus creaciones originales eran grandes, de una sola planta y techo alto; no había ventanas al exterior excepto una muy grande en el salón. Después de casarse con una bella mujer, llamada Sabria, habían tenido seis hijos que estaban casados con prolífica descendencia.

 

Casi todos vivían en el centro, excepto uno, llamado Cebrián, que había elegido las

afueras. Su padre, en más de una ocasión, le había recriminado tanto aislamiento, pero el respondía que estaba muy acostumbrado a la soledad afectiva de su niñez. Procuraba que sus hijos tuviesen todo el cariño necesario.

 

Los hijos de Estreor eran casi todos arquitectos con diferentes especialidades. Habían estudiado en la Gran Universidad y estaban muy bien considerados; se podría decir que no tenían problemas económicos. Sus cónyuges también trabajaban y el cuidado de los niños era responsabilidad del personal de servicio del hogar. No llegaban a su casa hasta pasadas las once de la noche y sus hijos más pequeños solían estar dormidos, afortunadamente para ellos, porque así no tenían que atenderles, entre otras cosas, estaban agotados después de trabajar durante todo el día. Solían reunirse con Estreor los fines de semana; el abuelo prestaba mucha atención a los niños. Compraba todos los juegos que ellos querían y pasaba el mayor tiempo posible con sus nietos, mientras que sus hijos hablaban sobre cómo aumentar sus patrimonios.

 

Cebrián trabajaba por la mañana. Era profesor en la Facultad de Gimnasia Rítmica y había organizado sus clases para tener libres las tardes y los fines de semana. Su mujer, Trans, daba clases particulares de matemáticas. Sus hijos iban a comer a casa y para ambos, era muy grato poder atenderles; les habían enseñado a desarrollar la creatividad en sus juegos y en muchas ocasiones, ellos mismos inventaban su entretenimiento.

 

Una de las hijas de Estreor, se llamaba Cisna; estaba casada con Kund y tenían ocho hijos. Era abogada y muy buena en su profesión; trabajaba diariamente en los Juzgados de la Ciudad y estaba completamente inmersa en su vocación. Kund era arquitecto como su suegro,

y de él había aprendido muchas de las artes, lo que le convertía en un auténtico ganador de flots (Flot era el nombre de la moneda utilizada como dinero en la Ciudad). Toda la familia se despertaba a las seis de la mañana y cuando se preparaban, cada uno se dirigía a sus obligaciones. Su hijo pequeño, que tenía cuatro años, se llamaba Frut. Era el más lento en

comenzar a vestirse y casi todos los días se llevaba la regañina correspondiente de los asistentes de la casa, y en más de una ocasión, una severa paliza de su impaciente madre que no llegaba a tiempo al trabajo.

 

            El niño iba hacia el colegio llorando la mayor parte de los días; y allí, para mayor desgracia, también era sacudido por los profesores que, sin contemplaciones, pretendían que se esforzase en el estudio. Era el que más sufría, sus hermanos resabiados, conocían los trucos y recibían menos castigos. Sin embargo, Frut, tenía una vida desconsolada. En una ocasión, le contó a su abuelo lo que le hacían en su casa y en el colegio; Estreor le dijo que cuando fuese mayor y aprendiese como sus hermanos, le pegarían menos palizas. Pero nunca ocurría nada nuevo, todos los días regresaba a su casa y sobre él caían los golpes o bofetadas. Unas veces, por ser distraído, otras, por descuidar su ropa y sus libros y, en otras, por llorón. Incluso sus propios hermanos se reían de él y le empujaban, tratándole sin ninguna consideración; lo cual era muy bien visto por sus padres porque se ahorraban una paliza.

 

Frut soñaba con ser mayor para que cambiase su vida. No podía confiar en nadie y cuando intentaba acercarse, cariñoso a su madre, ésta le imprecaba que la dejase tranquila porque no tenía tiempo para banalidades cariñosas. El niño estaba comenzando a enfermar y los catarros estaban siendo constantes. Nadie le había llevado al médico, todavía. Tosía y moqueaba, siendo además reprendido por ello; le decían que era un sucio y que contagiaba su

enfermedad a los demás chicos.

 

El tiempo transcurría y Frut estaba cada vez peor. En el colegio se desmayó dos veces

y los profesores llamaron a sus padres para avisarles de la situación del pequeño; tendrían que llevarle a un médico,  o bien le obligarían a dejar los estudios. Ante la amenaza, Cisna sacrificó una mañana de su arduo trabajo y algunos flots y le llevó a un médico que vivía muy cerca de su casa. Cuando el doctor reconoció al niño, dirigiéndose a la madre, aseguró:

 

– Uno de los graves problemas que tiene, además de los catarros, es una profunda depresión. El pequeño es infeliz y  he visto señales de golpes en la espalda y en los brazos. Está siendo maltratado, y como especialista, necesito que  me explique lo que pasa o bien tendré que denunciar su caso a la Justicia.

 

La madre refirió con indignación:

– Soy abogada y  seguramente las magulladuras se las hace en el colegio porque es un niño muy revoltoso y agresivo en sus juegos.

 

El médico contestó con cara de incredulidad:

             – La vida de este niño debe cambiar. Lo siento Señora, pero no creo la historia que usted me cuenta. Las señales que tiene este chico son muy profundas y estoy seguro que son secuelas de lesiones de impactos diarios sobre su piel, músculos y huesos.

 

El niño, que estaba escuchando, rompió a llorar y en ese momento, su madre, siguiendo un impulso, le cogió del brazo y le zarandeó el cuerpo entero. El médico, cuyo nombre era Zart, le dijo, poniéndose en pie:

– Desde este momento, Frut, deja de estar bajo su tutela. Voy a llamar inmediatamente

al Juzgado para que estudien su caso y mientras tanto, me hago responsable del pequeño.

 

Cisna respondió con altanería:

– Usted puede hacer lo que quiera con él, por mí como si le adopta, pero por la terrible

acusación de la estoy siendo objeto, nos veremos las caras en el Juzgado.

 

Y dándose la vuelta, salió de la consulta, dejando al crío allí, sin parar de llorar. El médico cogió a Frut y lo llevó a su casa. El tenía tres hijos, uno con tres años y medio, y dos gemelos con seis. Su mujer, Sabria, estaba en casa y cuando Zart le contó toda la historia, se echó a llorar y cogiendo al chiquito entre sus brazos, comentó con una suave voz:

– No te preocupes porque yo puedo atender al pequeño.

 

Comenzó a sentirse mejor, allí habían muchos juguetes nuevos con los que entretenerse y no le pegaba nadie; podía estar tranquilo. Zart llegó a su casa al atardecer y encontró a Frut jugando y a su mujer mirándole, sentada en una silla. Preguntó con seriedad:

– ¿El niño ha mostrado comportamientos agresivos?

 

Ella respondió sonriente:

– En absoluto. Está muy entretenido, ha desayunado bien, estornuda y moquea un poco y yo le limpio la nariz.

 

El médico estaba convencido que el niño era muy bueno; besó a su mujer en agradecimiento y se acercó al chaval. Éste levantó sus bracitos y como si le conociese de toda la vida, se agarró a su cuello. Zart le llevó al comedor, comió con mucho apetito la cena que

había preparado Sabria, y después le llevaron a la cama. El niño se durmió de inmediato y su carita, que tenía un gesto adusto, se fue transformando en dulce y tierna.

 

Al día siguiente, Cisna se presentó ante un Juez, que ella misma conocía, y éste, le

refirió con una intensa preocupación:

            – En la Ciudad flotante existen muchos casos de lesiones a niños, causadas por sus

padres y cuidadores. Sin embargo, la mayor parte, pasan desapercibidas y cuando un médico

denuncia un caso, es considerado con la severidad necesaria. Puede dar por perdido a su hijo  (- Cisna, pensó para si misma ¡por fin! pero pronto se quedó pálida – ), le esperan más de diez años de cárcel a usted y a todos los adultos implicados en las lesiones de Frut. En el caso de los profesores, tendremos en cuenta que ellos les avisaron, y es posible, que ese hecho disminuya sus penas.

 

Cisna, que veía su vida destrozada, se puso a llorar delante del Magistrado; sin embargo, la severidad de su mirada le dijo, sin palabras, que no existía la posibilidad de lamentarse para causar compasión.

 

El juez prosiguió:

– Usted sabe muy bien que no tiene una mínima consideración con su hijo, y no sólo eso, existen lesiones más que probadas y continuas en el tiempo; el médico ha presentado una denuncia, en la que además, contempla la adopción de Frut en su propia familia para que pueda curarse de los daños psíquicos y lesiones físicas.

 

Estreor entró, de pronto, en el Juzgado, apelando por la bondad de su hija, pero no le sirvieron sus ruegos porque tanto ella como el marido,  estaban ya condenados. En la ciudad, en casos extremos, la pena era de muerte, debido a que el daño  producido era la ausencia de vida porque las consecuencias eran afectaciones psicológicas muy graves y difíciles de curar que acompañaban, con síntomas destructivos hacia si mismos, a las personas de por vida. El anciano, cabizbajo, solamente pensaba que tenía otros hijos que seguían la misma conducta con su descendencia; también tenía conocimiento de otras familias; pero se dio cuenta  de que estaba encubriendo serios delitos y que más le valía tener la boca cerrada porque su mujer y él mismo, estaban en peligro.

 

Cisna ingresó en una prisión provisional, hasta la celebración de su juicio; llamaron a

 

su marido y a los sirvientes de la casa. Uno a uno, fueron declarando y el juez les destinó al mismo lugar que a la madre. También llamaron al Tutor principal del colegio y le pidieron los nombres de los maestros que habían propinado palizas al crío; éstos fueron enviados a una cárcel, en espera de juicio.

 

Estreor convocó, de forma extraordinaria, a toda su familia para verles esa misma tarde. No llamó a Cebrián porque conocía su opinión e iba a ser un estorbo más que otra cosa. Sus cinco hijos, tres varones y dos mujeres, le dijeron que procurarían no pegar a sus niños; el mayor problema era que ya les odiaban y no sabían qué hacer con ellos. Hasta el momento, les habían servido como instrumentos de poder, pero ya no les veían utilidad. Todos salieron de la casa meditabundos por su desgracia, pero no dejaron de pensar, en ningún momento, en su deporte favorito para ganar más y más flots.

 

            Las circunstancias que vivían Estreor y su familia, pronto fueron del dominio público; era muy conocido entre los habitantes de la Ciudad y  nadie imaginaba cuál era la verdad de su existencia.

 

Como consecuencia del gran juicio, se recibieron en la comisaría más denuncias sobre malos tratos infantiles; llegó un momento, en el que las cárceles estaban abarrotadas y tuvieron que crear un centro especializado donde recibían asistencia psiquiátrica, formación sobre la vida, modos de deshogarse, etc.; con el objetivo de reintegrarlos en la sociedad, una vez que hubiesen sanado por completo, de la enfermedad que les provocaba su agresividad.

 

          En la Ciudad Flotante se llegó a un buen equilibrio porque las familias que se quedaban sin descendencia, por las recientes y severas restricciones natales, pudieron suplir su carencia

mediante la adopción. Más de doscientos niños fueron acogidos en hogares como consecuencia de vejaciones y depravaciones, y se transformaron, con el tiempo y ayuda psiquiátrica, en niños felices.

 

Cebrián no volvió a ver a sus hermanos y a su padre. Su vida había empezado de nuevo y realmente le fue mucho mejor. Aunque no se sentía dichoso por ello, cuando veía a Frut y al resto de sus sobrinos sonreír de felicidad, comprendía que había sido el único camino. El adoptó a Sen, la hija mayor de su hermano más perverso, Berd; había recibido graves palizas y era la más llorona y odiada por sus padres. La niña mejoró mucho con los cuidados de sus tíos. Y cuando pudo volver al colegio, se alegró al encontrarse con su primo Frut. De esa manera, el contacto entre los pequeños, fue estrecho y muy sano, a la vez.

 

Con el tiempo, se apaciguó el revuelo que se había creado en la Ciudad; mantenían la máxima alerta con ese tipo de delitos y fueron disminuyendo las denuncias. Crearon un grupo de Trabajadores Sociales que visitaban todos los hogares, una vez al mes, para comprobar el estado de salud de los niños. Los colegios estaban sobre aviso y los profesores no volvieron maltratar a sus alumnos; no obstante, recibían visitas periódicas, en las que se comprobaba si los escolares estaban bien.

 

Muchos de los pequeños recibieron asistencia psiquiátrica y psicológica para poder superar los traumas que les habían causado y en casi todos los casos, las terapias, con la ayuda  del ambiente familiar, fueron satisfactorias.

 

Frut y Sen no fueron una excepción, les asistía el mismo psiquiatra porque Cebrián

pidió consejo a Zart, y  éste le recomendó uno que conocía personalmente; era famoso por los

éxitos obtenidos en su trabajo. Ambos niños iban satisfechos a su consulta, para ellos fue casi

un juego que les llevó a ser completamente felices en sus vidas.

 

            Después de un tiempo en la cárcel, algunos presos recuperaron su libertad en la Ciudad, pero muchos de ellos no se consideraban enfermos mentales, y las terapias, a veces eran despreciadas por los pacientes ya que las consideraban una continua pérdida de tiempo.

 

En los casos, en los que el tratamiento psiquiátrico fue efectivo y los encarcelados volvieron a la sociedad, la mayor parte no pudieron recuperar a los hijos que habían maltratado; sin embargo, y de forma muy excepcional, sus padres adoptivos se ponían en contacto con ellos y eso les bastó para poder encaminar sus vidas.

 

Algunos fueron padres nuevamente y  el comportamiento con sus pequeños fue completamente distinto, continuaban con la ayuda terapéutica que habían iniciado en la prisión y pudieron tener una vida saludable.

 

Estreor y su mujer fallecieron en la cárcel. Su hija menor, Mirt, salió de prisión y volvió a recuperar su trabajo como arquitecta, llevando una vida social normal. Con el tiempo, su marido fue liberado, y juntos, pudieron rehacer sus vidas, sin dejar en ningún momento de recibir asistencia, gracias a la cual, llegaron a un buen entendimiento de su patología mental. Ellos decidieron no tener más descendencia y adoptaron dos pequeños, que a su vez, habían sido maltratados. Les dieron toda la felicidad, cariño y apoyo que no pudieron prestar a sus hijos;  adaptando sus horarios a la vida familiar y llevándoles al colegio; ellos mismos se preocupaban de recogerles para llevarles a su casa y cenar temprano.

 

Cisna y el resto de sus hermanos no podían aceptar su terapia como una necesidad, no

 

hicieron amigos en la cárcel y solamente se comunicaban entre ellos. No obstante, el médico

psiquiatra que les atendía, no perdía la esperanza y continuaba con sus sesiones diarias

confiando en que algún día, ellos también se curasen. Al cabo de unos meses de la muerte de Estreor, que les afectó de forma impactante, fueron trasladados a un Centro, que pertenecía a las instituciones penitenciarias y tenía régimen  abierto. En poco tiempo, Cisna regresó a su casa con su marido y allí pasaban los fines de semana; les costó un tiempo ver a sus hijos y consiguieron demostrarle a Zart que estaban curándose, pero Frut no les quería ver ya que su salud se malograba cada vez que intentaban ponerse en contacto con él: a pesar de la terapia, la severidad de las vejaciones recibidas, hicieron que el niño necesitase terapia, prescrita de por vida; con el paso de los años, pudo ver a sus hermanos con normalidad. No obstante, para el médico y su mujer fue una gran satisfacción saber que sus padres se estaban recuperando y les veían una vez al año para contarles cómo evolucionaba el pequeño.

 

Berd y su mujer intentaron ver a su hija Sen, y aunque Cebrián, al principio se negó en rotundo, con el tiempo y al conocer el comportamiento de sus hermanos, a través de los Asistentes Sociales, permitió que la visitasen, atendiendo a la voluntad de la pequeña; la niña al igual que Frut, estaba muy dañada en su psicología y tardó muchos años en poder ver a sus primeros padres con cierta normalidad. Ellos no quisieron adoptar y continuaron asistiendo a sesiones de terapia, incluso cuando hubieron recuperado sus trabajos; fueron conscientes de su necesidad de ayuda y gracias a ello pudieron tener una vida saludable.

 

Los derechos de los niños fueron respetados en la Ciudad Flotante; tenían la protección de sus nuevos padres además de la ley del menor, que les amparaba en su libertad de vivir con tranquilidad y salud con su familia.

 

Marina©M.C.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

           

 

 

 

 

           

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El alma esclava

 

Una bella tarde de verano, caminando despacio por el parque Reagent, Robert se demostraba a si mismo una vez más, que no era un transeúnte cualquiera; en ocasiones le gustaba mezclarse entre la gente pasando desapercibido pero sentía la vacuidad de la nada cuando se sumergía en pensamientos que no identificaba como propios. Le sucedía algo extraño y es que sus ideas quedaban a un lado y raras posesiones llegaban a su mente impidiéndole ser él mismo. Por eso prefería caminar sólo, por lugares apartados, en los que sus sueños parecían convertirse en realidad.

 

Vivía en Londres. Era uno de los privilegiados que podía permitirse vivir en el centro de la ciudad y en la calle Abbey; estaba muy cerca de su trabajo y podía ir paseando tranquilamente. Su horario era muy estricto y, en su faceta de escultor, no podía permitirse toda la flexibilidad que el hubiese querido, pero era muy metódico y mucho más desde que comenzó a admitir alumnos para  formarlos en su arte.

En ese tiempo, Ingrid y Norton, recibían clases de tan ilustre profesor y a las seis y media en punto de la mañana, llamaban al timbre. El procuraba estar en su estudio a las seis para que todo estuviese preparado cuando ellos entrasen con su entusiasmo habitual.

 

No había dado clases nunca hasta que esculpió una estatua que representaba su propia alma; era de un surrealismo muy puro sin una forma concreta y parecía un amasijo sin sentido; sin embargo, cuando comenzó a reunir los materiales para su construcción, sobre todo barro y aluminio, se dedicó a esculpir y representar lo que no encontraba en si mismo. No se sorprendió cuando la hubo terminado, porque no había llegado a la conclusión de que cómo era realmente lo que debía llenarle  e iluminar sus creaciones. Un buen día, mientras estaba pintando un bello paisaje en el que las montañas y los árboles eran la ladera de un precipicio, escuchó una voz que le decía con mucha firmeza pero con un tono suave:

 

          Robert tienes que dar clases para poder transmitir a otros todo lo que has aprendido durante tu vida.

 

Completamente atónito, se puso a buscar  un micrófono en su estudio; hacía poco que le habían reparado las tuberías y no sabía qué podía ocurrir en los tiempos actuales; era famoso y muy cotizado aunque eso solamente le sacaba de la sensación de mediocridad que siempre le había acompañado hasta que comenzó a esculpir con sus propias manos. Dejó a un lado la idea y quitó la sábana que cubría su estatua a la que, cariñosamente, llamaba, my soul (alma mía) y con la que a veces se había desahogado, contándole sus peripecias, pero nunca le había respondido y no esperaba que lo hiciese. Robert, sin más dilación, le preguntó directamente:

 

– ¿Para qué voy a dar clases si gano lo suficiente?

 

Y casi se desmaya cuando la voz le dijo, con claridad:

 

– No se trata de dinero, es tu creatividad la que puede ayudar a otros en sus profesiones; sin ir más lejos, hay una pintora que no sabe cómo orientar su carrera, vive muy cerca de aquí y tu eres uno de sus creadores favoritos.

 

Cada vez más asombrado y pensando ya, que estaba al borde de la locura, llamó a su agente para comunicarle su decisión de impartir clases, pero a no más de dos alumnos. Clark le dijo que sabía de una pintora que vivía cerca de su cas, que le gustaría aprender de él y también de un escultor que estaba aprendiendo como oficial de un pintor y se sentía mal porque no esculpía lo suficiente.

 

Robert  decidió salir de su escepticismo y le dijo que les recibiría a ambos, a partir de la siguiente semana.

 

Ese día era festivo y había decidido caminar sin más rumbo que su propia brújula interior, adentrándose en el precioso parque a una hora en la que la gente ya estaba en sus casas y quedaba muy poco tiempo para que lo cerrasen, pero su naturaleza le atraía poderosamente. El día estaba claro y era una maravilla ver las hermosas flores del estío.

 

Al día siguiente empezaba una nueva semana y de pronto, una voz le susurró dentro de su cuerpo:

 

-Eres un esclavo de tu estatua, Robert.

 

Esa misma noche, cuando llegó a su estudio, la destruyó, tenía el convencimiento de que su alma estaba en el interior de si mismo y no quería que estuviese presa en el barro y el metal; formaba parte de él como la voz que había escuchado, mientras paseaba a la luz de un espléndido sol, cuando un rayo iluminó su pensamiento.

 

 

 MMC ©

 

Imagen: http://www.tierradepoetas.com/album/albums/userpics/10003/HIerbas.jpg

 

 

Y…no tenía nombre

 

Pasados los años sesenta, en la ciudad de Málaga, había un extraño individuo,  al que sus vecinos temían. Aparentaba, más o menos, treinta años y vestía de una forma pulcra, pero con ropa muy usada y antigua. Siempre iba solo, no tenía amigos y  la gente con la que hablaba, salía espantada al comprobar, cuando cruzaban tres palabras con él, que todo se descalabraba en sus vidas.

 

            Era un momento en el que el turismo empezaba a frecuentar las playas de la bella ciudad y comenzaba a notarse cierto desarrollo, por ello, en  general, quien se cruzaba en su camino, procuraba alejarse de él.

No se le conocía trabajo alguno y tenía, según se suponía, rentas familiares. Vivía en un barrio pobre de la ciudad y su actitud era muy altanera,  caminaba con la cabeza muy levantada, alzando el mentón, con aire arrogante y pasos firmes.

 

            Un buen día, cerca de su casa, abrió una librería con el rótulo: “Se venden libros a buen precio”. Cual no fue la sorpresa de sus vecinos, cuando le vieron en la puerta con un traje de chaqueta negro y aspecto de propietario. Después de la primera semana, colgó un letrero en la puerta que decía: “Se buscan dos empleados con cultura y  conocimientos sobre la segunda guerra mundial”.

 

Provocó un gran asombro ya que nadie entendía el porqué necesitaba a dos personas que supieran sobre tan desgraciado hecho histórico. Pero, al poco tiempo, un chico con veinte años, cuya afición era la lectura y dentro de ella, la época, de la que hablaba el anuncio, entró con decisión en la librería y encontró al siniestro dueño releyendo algunos manuscritos antiguos. Con mucha educación, le preguntó si seguía vacante el puesto que anunciaba. El hombre, mirándole de arriba abajo con cierto desprecio, le respondió que si y dejó escapar una frase que retumbó en los oídos del muchacho, que se llamaba Sergio: “en este pueblo, los libros se utilizan para empapelar las casas”. El chico, que no sabía donde mirar,  le respondió que el era un gran aficionado a la lectura y devoraba todo aquello que caía en sus manos. El dueño, iracundo, le respondió que no era necesario leer morralla, que había que acercarse a  lo estrictamente histórico para conocer el mundo.  Y tras una hora de insípida charla, Sergio fue contratado para limpiar el polvo de las estanterías, con el derecho a leer el libro que le solicitase, por escrito, a su jefe, siempre y cuando éste le autorizase para ello.

 

Comenzó en ese extraño trabajo, en el que no recibía más de ciento cincuenta pesetas al mes, pero como tenía mucho tiempo, entre estante y estante, se dedicaba a observar al sujeto en cuestión. Un día se atrevió a preguntarle, con mucha discreción, cuál era su nombre; al escuchar esto el librero se levantó, con mucha parsimonia, de la silla en la que estaba sentado leyendo y le contestó de una forma abrupta:

          Y usted que le importa. Yo le pago para que limpie, no para que diga tonterías.

 

Y en ese fantasmagórico lugar, en el que las puertas chirriaban y algunos estantes se caían porque las ratas estaban dando buena cuenta de ellos, el chico descubrió qué le pasaba a su inquietante amo. Un buen día, llegó muy temprano, antes de lo esperado y le encontró comiendo, de una forma voraz, un trozo de hígado crudo. El chico que no se lo podía creer, volvió a salir haciéndose el despistado; y después de tomar una manzanilla y calmarse un poco, volvió a entrar. Como se esperaba, el hombre estaba sentado en su silla, cómo no, leyendo muy concentrado, y Sergio decidió preguntarle a bocajarro:

 

          Esta mañana, he venido temprano, y me ha parecido verle a usted comiendo hígado crudo, siento no haberle dicho nada pero no quería molestarle ¿está enfermo de algo?

 

El dueño muy enfadado se levantó, dio varias vueltas alrededor de su silla y volvió a sentarse, haciendo caso omiso al pobre muchacho, que se había quedado sin habla, ante la abundancia de silencio. La vida de Sergio se estaba torciendo; le habían echado del apartamento en el que estaba porque no estaba casado, y el lugar donde comía lo habían cerrado. Sus conocidos le habían prevenido sobre lo que ocurría, porque cualquiera que se acercase al siniestro hombre, era pasto de desgracias y aunque nadie sabía porqué, le dijeron que que dejase ese empleo si quería llevar una vida normal.

 

Todo ello no convencía a Sergio, que más allá de una mera curiosidad,  había convertido en un desafío, averiguar el porqué ocurría eso, algo raro debía haber en la historia de su jefe.

Según sus conocimientos, los demonios no existían más que en la ficción; por un momento, llegó a pensar, que era un asesino de la segunda guerra mundial, y  bien podía haber estado en Alemania en aquél tiempo. Tras mil elucubraciones, solamente llegó a una reflexión, tenía que averiguar algo de su pasado y también porqué comía hígado crudo por las mañanas.

 

Decidió seguir sus pasos cuando saliese de la librería. Después de pasar todo el día limpiando un polvo inexistente y de ordenar unos cuantos libros, tan antiguos que sus hojas se deshacían, pero eran consideraros como tesoros; se despidió hasta la mañana siguiente y fue a la esquina de enfrente para poder observar con detenimiento.

 

A las nueve de la noche, salió el dueño, cerrando la puerta y la reja con un gran estruendo. Y se dispuso, una vez que hubo estirado su esmirriada chaqueta, ya medio blanquecina por el ambiente del local, a seguir la acera, calle abajo. Sergio le seguía a una gran distancia, pero pudo ver cómo entraba en un edificio de cinco plantas con una llave. Cuando llegó a la puerta, vio que solamente había tres etiquetas de viviendas en las que figurase un nombre. Ni corto ni perezoso, llamó a la segunda planta y le respondió la voz amable de una anciana. El chico le dijo que había olvidado decirle algo a su jefe, el dueño de la librería, y  si podían indicarle en qué piso vivía. La anciana tras una pausa, le abrió la puerta y le conminó a que subiese a su casa.

 

Sergio, más que extrañado, así lo hizo; le abrieron la puerta una pareja de ancianos, que le invitaron a pasar a su casa y a tomar un café; a él no le gustaba y mucho menos a esa hora, pero pensó que se estaba acercando a la verdad. Se presentó y una vez sentado, les preguntó con la mirada ¿qué ocurre? la anciana, muy resuelta, le dijo que estaba segura que preguntaba por un hombre muy extraño que vestía de color oscuro e iba siempre solo.

El chico asintió, con celeridad, porque presentía que de esa casa saldría con la verdad en sus manos. La anciana prosiguió, con más calma, y le dijo que ese hombre no era bueno, llevaba mucho tiempo viviendo allí y le habían observado. Todas las noches salía más tarde de las doce y no volvía hasta el amanecer y ellos sospechaban que asesinaba perros porque cuando seguían el sonido de sus pasos, escuchaban casi todos los días, un terrible aullido y más de una vez, le vieron con sangre en las manos. Estuvieron a punto de decírselo a la policía, pero temían que tomara represalias contra ellos, por ello, decidieron observarle nada más. Regresaba con un trapo negro en el que llevaba algún bulto y en una ocasión habían visto gotas de sangre en la entrada.

 

Sergio ya se estaba empezando a explicar la procedencia del hígado y no sin cierto asco interior, les pidió que le contasen algo más sobre él. Pero los ancianitos no sabían nada de su historia, solamente que llegó un buen día, procedente de un pueblo cercano, cuyo nombre desconocían, y que todos le llamaban, Señor, sin más, sin nombre y apellido, nada que le identificase. El misterio se había solucionado, en parte, pero le quedaba mucho por averiguar; el muchacho se despidió de los ancianos con agradecimiento y salió del edificio, pasadas las doce de la noche. Una inmensa luna llena iluminaba la calzada y cuando había recorrido algunos metros, escuchó una puerta metálica y unos pasos por la calle; con cautela, se escondió en un portal, y vio a su jefe. Le siguió hasta un descampado, en el que solamente había matorrales secos y basura, y allí con los ojos bien abiertos, pudo ver como rebanaba el cuello de un pobre perro que había aparecido despistado, le sacaba todas las vísceras y las metía en una bolsa negra, tal y como se lo habían descrito los ancianos, y para más horror, en esa noche, vio cómo se metía en la boca un trozo de algo que no llegaba a diferenciar.

 

Ya andaba pensando que era un vampiro, se conocía la leyenda, pero no sabía que fuesen aficionados a los cánidos y tampoco se contaban historias por allí. Pensó que era el momento de perder el miedo porque le había pillado in fraganti, y sin temer al cuchillo que el siniestro lleva en uno de sus bolsillos, se dirigió decididamente hacia él y agarrándole por las solapas, le tiró al suelo, inmovilizándole después – por algo sabía algo de artes marciales, pensó para si mismo- Y de esa forma le preguntó quien era, de donde procedía y porqué había matado al pobre perro.

 

El hombre que se vio atrapado, le dijo que había nacido en un pedanía próxima a la ciudad, que su padre abandonó a su madre cuando el tenía cinco años y ésta, tras educarle, un día le dijo que se fuera de su casa porque ya era mayor, pero que nunca olvidase que su padre había sido un maleante y que el debería dedicar su vida al sacrifico para sanar de la maldad que llevaba en su sangre; y dándole dos trajes, le echó a la calle, a los veintitrés años, con semejante maldición.

 

El muchacho no sabía si creerse la historieta porque aunque parecía verosímil y daría sentido a lo que ocurría con él en la ciudad, había llegado al convencimiento de que pasaba algo más. Le preguntó sobre su  interés por la segunda guerra mundial y su jefe le dijo que si le acompañaba a su casa, se lo podría explicar mejor. Sergio le quitó el cuchillo y llevándole agarrado de un brazo, le condujo hasta allí; abrió la puerta de la entrada principal y tras unas pesadas escaleras llegaron al quinto piso. La casa del siniestro olía a vísceras  y a papel quemado, Sergio se echó para atrás en cuanto le llegó semejante aroma. Pero una vez dentro, atónito, observó que tenía fotografías de los principales asesinos del Tercer Reich: Heinrich Himmler, Joseph Goebbels y Hermann Goering y cómo no, al supremo Adolf Hitler, expuestos en una estantería. Delante de las fotos había vísceras de los perros, algunas todavía sanguinolentas, debían ser de la noche anterior, pero otras oscuras y medio podridas.

 

Ya no sabía qué preguntar, se vio ante alguien que debía haber perdido la razón, pero que con mucha parsimonia, le explicó: ellos son nuestros padres,  limpiaron la raza humana de impurezas y yo les rindo culto con mi propio alimento.

¿Y porqué perros? Preguntó el muchacho

 

          Porque son fáciles de atrapar y hay muchos sueltos pero también suelo coger gatos.

 

El olor hediondo de la habitación más la locura en la se encontraba, le dieron ganas de vomitar, pero conteniéndose le dijo muy serio:

– Como usted comprenderá yo no puedo trabajar más en su  librería, me resulta imposible después de todo lo que he visto y  lamento que su vida sea así de triste y  perversa, pero la mía es diferente y no estoy de acuerdo con sus asesinatos nocturnos y mucho menos con esa interpretación de los hechos acaecidos en la historia del mundo.

 

 Dicho esto, salió por la puerta, con la completa comprensión de lo que ocurría, pero antes de cerrarla, se volvió y le preguntó ¿Me puede decir su nombre? El hombre le respondió:

 

– Me llamo Nadie

 

Cuando ya estaba la calle, Sergio vomitó, y salió corriendo hacia su casa, que olía al jabón de su última ducha, y aunque no tenía hambre, recordaba que tenía fruta fresca y eso le tranquilizó.

 

Después de pasar una noche inquieta, la mañana le pareció hermosa y se fue a la calle a continuar buscando trabajo, mientras pensaba en el extraño ser que le había tocado en suerte conocer y algo quedó en su pensamiento, como un hilo que quería convertirse en tejido…”Y… no tenía nombre”.

 

 

 MMC  ©

 

 

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De árbol en árbol

 
 
 
 

Residían en Mozambique y su vida no era de ensueño, pero tenían una privilegiada situación que les permitía vivir y viajar con toda holgura, en un lugar en el que el hambre y la miseria se respiraban por las calles.

 

Habían llegado al país, poco después de haber nacido su hija, con un pequeño, Carlos, de tres años que disfrutaba de su inocencia. Procedían de Portugal y en la ciudad de Caldas da Rainha habían dejado a sus familiares.

 

Pebane les pareció un  buen sitio para vivir; en la zona de Macuacuane, los árboles cubrían los montes y su costa estaba bañada por el océano Índico con playas que mostraban todo el esplendor de una belleza natural.

 

Se casaron en Caldas y aunque su intención era vivir en Coimbra, un golpe de suerte en su destino, les llevó a tan alejado lugar de África. Rosalía era arquitecta de profesión y no tenia ningún problema con su trabajo, es más, le iba muy bien en la próspera ciudad; pero un día, le avisaron de la posibilidad de iniciar un proyecto de construcción de casas en Pebane. Estaba muy bien remunerado ya que les suponía gratuidad en la vivienda y en los viajes que considerasen necesarios. Su marido, Camilo, era abogado en ejercicio y  a pesar de que estaba contento, no le importó sacrificar su despacho para experimentar en un nuevo mundo, en el que las injusticias clamaban al cielo.

 

Ambos trabajaban felices en sus profesiones, en esa bella ciudad en la que habían encontrado riqueza en medio de una intensa pobreza. Carlos entró en un colegio a los cinco años y su hermana permaneció en casa hasta bien pasados los seis. Era una niña tímida, que le gustaba jugar sola, y no había hecho muchas amigas entre los conocidos de sus padres. Una profesora particular iba a su casa, dos veces a la semana, para enseñarle a leer y escribir y alguna operación aritmética; a estas clases también asistía su hermano porque le servían de repaso y así fue convirtiéndose en un esplendido estudiante. Hasta ese momento se podría decir que eran una familia dichosa, tenían todo lo necesario y lo que no encontraban en el lugar lo compraban en alguno de sus múltiples viajes a Portugal.

El problema comenzó cuando Claudia ingresó en el colegio, continuaba con su profesora, pero la niña no avanzaba en los estudios lo suficiente; no era tan brillante como su hermano y por supuesto no se parecía a sus padres, que habían sido estudiantes destacados desde la infancia.

A pesar de ello, se mantuvo en una mediocridad, que la salvaba de críticas excesivamente severas; no obstante, la frase "la niña tiene más inteligencia de la que demuestra" era objeto de charlas constantes en su ambiente familiar.

Ella había crecido allí y era un bebé de meses cuando sus padres llegaron, luego, no lo podían atribuir a un problema de adaptación y mucho menos de inferioridad respecto de sus compañeros, porque había heredado de su madre una increíble belleza que fue en aumento y que supuso una crisis familiar cuando cumplió los 10 años.

 

La gran afición de Claudia era acercarse a los bosques en cuanto podía y abrazarse a sus troncos, en ellos encontraba la serenidad de su espíritu y en la contemplación de la naturaleza su máximo éxtasis. Y lo que, en un principio, parecía algo bucólico y bonito para una niña de su edad, teniendo en cuenta que no se alejaba mucho de su casa y que fácilmente se la encontraba; cuando empezó su madurez, el pánico de sus padres por los peligros que podían rodearla, fue en aumento. No había ocurrido nada que les hiciese inquietarse; sin embargo, las historias de violaciones que circulaban por la ciudad, hicieron que tomasen una decisión respecto de su hija, que por su cabello rubio y el precioso verde de sus ojos, podría resultar un objetivo muy goloso para cualquier pervertido y ellos suponían que para más de uno.

 

La niña, con su inocencia, no alcanzaba a comprender la situación de emergencia vital que se había creado a su alrededor. Pero hasta su hermano, que entonces ya tenía trece años, consideraba que era peligroso que anduviese sola.

Para paliar el problema le dijeron que tendría que salir acompañada y mucho más a los bosques. Desde ese momento, cuando regresaba del colegio, se quedaba en casa y solamente los fines de semana, con su ama, se podía acercar a los árboles más próximos.

 

Claudia empezó a notar que su vida había perdido el sentido, su máxima diversión no podía ser sustituida por una visita semanal. No le daba tiempo a saludar a todos sus árboles favoritos; se quedó con todas sus íntimas charlas frustradas. Soñaba por las noches que iba a visitarles y les contaba todo lo que le estaba pasando, y en su interior le respondían que tuviese paciencia porque algún día todo cambiaría.

 

Así transcurrieron tres años de su vida, y la profunda soledad que sentía, no se vio disminuida por una edad, en la que la asistencia a reuniones sociales hubiese sido la alegría de cualquier niña. Sus mejores amigos seguían sin estar cerca de ella.

No observaron cambios en sus estudios, pero su melancolía la delataba y se mostraba como una mujercita callada y poco interesada, en general por el entorno en el que la habían obligado a existir desde los diez años.

Sufría intensas crisis de llantos y desde su ventana miraba a los árboles lejanos intentando hablar con ellos, pero un día ya no le contestaron. Ella no entendía el porqué sus amigos habían dejado de llegar a su corazón. Pero pudo saberlo en poco  tiempo.

 

Aunque sus padres ya no hablaban con ella del tema, una mañana de un luminoso fin de semana, fueron a su habitación. Le preguntaron sobre sus inquietudes respecto de sus estudios y también sobre sus emociones; tenía una edad en la que era normal que ya hubiese surgido algún amorío. Claudia no respondió a ninguna de sus preguntas, se quedó completamente callada, mirándoles e intentando que viesen en sus ojos, que su alma estaba sangrando por un dolor tan intenso. Rosalía no era una gran amante de la naturaleza y no llegó a intuir qué le pasaba a su hija y, su padre, obsesionado por los peligros, solamente vio a una niña que no hablaba. No pasó más de una semana, cuando al observar que su comportamiento era el mismo con todas las personas que vivían en la casa y en el colegio, la llevaron a un psicólogo especialista en desórdenes mentales de la adolescencia. Estuvo reconociendo e interrogando a Claudia durante más de dos horas y cuando terminó, con una seriedad alarmante, se dirigió a sus padres:

 

– ¿Ustedes no habían observado que su hija tenía retraso en los estudios?

Rosalía contestó demudada:

 

-Pensábamos que su inteligencia era superior a lo que demostraba en sus notas pero nunca suspendió y los profesores no nos llamaron la atención al respecto.

 

El especialista continuó, sin perder el aire de gravedad:

 

-La niña puede tener autismo, es una enfermedad que empieza a desarrollarse desde el crecimiento en condiciones normales, o bien como consecuencia de un shock. ¿Recuerdan si en su infancia hubiese sufrido alguna situación que la alarmase y desde entonces su conducta fuera diferente?

 

Camilo  respondió, en esta ocasión:

 

– Todo lo contrario, hemos intentado protegerla de los peligros que se cernían a su alrededor precisamente para evitarle un daño de ese tipo.

 

Pues bien, prosiguió, el médico:

 

– Les recomiendo el internamiento de la chica en un centro especializado para autistas, en el que estará con niños con su problema y recibirá la terapia adecuada.

 

Los padres que no podían salir de su asombro, sintieron como una nube de tristeza cubría sus vidas y aunque el sol era esplendoroso, el día para ellos se tornó gris y pesado.

 

Después de hablar largo y tendido, decidieron que no podían someterse a la vergüenza de tener una hija con una enfermedad mental; como dinero precisamente no les faltaba, decidieron comprar una pequeña casa de campo, algo alejada de la zona donde vivían, y contrataron a una mujer de absoluta confianza para que se ocupase de cuidar a la niña.

 

Y así fue, como una noche, los árboles empezaron a gemir y Claudia pudo ver que el cielo azulado se estaba volviendo rojo, al mismo tiempo que le estaban haciendo sus maletas. Al día siguiente fue encerrada en una casa, sin más terapia que la ayuda que le podía prestar la bondad como ser humano de Aasiya, que le preparaba su alimento y con la que podía salir un poco de su mutismo. Sin embargo, su encierro en si misma era tal, que nunca le contó lo que pensaba. Ella seguía hablándoles, en la distancia, a los árboles que no veía y cuya voz seguía sin escuchar. Pero un atardecer, oyó que sus ramas se movían y por la pequeña ventana, que tenía en su cuarto, pudo ver una luminosa luz que cruzaba el cielo.

 

A los dos días, sus padres fueron a la casa para decirle que tenían que viajar a Coimbra, habían recibido una citación en la que se expresaba que había fallecido el padre de Camilo y  convertía a Claudia en heredera universal. Rosalía le dijo a Aasiya que iban a iniciar los trámites de discapacitación de su hija, que ya contaba con dieciocho años de edad, y se la iban a llevar, al menos por unos meses, mientras durase todo el trámite.

 

Viajaron todos a Portugal y expresaron al abogado sus intenciones; éste les indicó que quitarle la herencia suponía la celebración de un juicio, en el que se pediría que demostrasen la enfermedad de la heredera. Ernesto sólo pudo conseguir un certificado del psicólogo en el se expresaba la presencia de autismo sin tratar adecuadamente, y ningún especialista de Coimbra se quiso hacer cargo del caso, aludiendo a que en ningún momento había recibido la terapia necesaria para la recuperación de su enfermedad.

 

Claudia se encontró ante un juez y con toda su familia como enemigos y cuando el letrado le preguntó directamente a ella qué opinaba sobre la herencia recibida; ante la incredulidad de todos, la chica comenzó a hablar y explicó lo que le había ocurrido desde que la separaron de la naturaleza y la obligaban a salir custodiada, así como los años de encierro en la casa con Aasiya. El letrado solicitó un examen psiquiátrico de la muchacha y el resultado fue que no padecía ningún tipo de enfermedad relacionada con el autismo,  que su incomunicación se debía a una falta de comprensión de sus sentimientos. Este resultado cambió la vida de Claudia, y después de la celebración del juicio, se encontró con dieciocho años y con dinero suficiente para dar varias vueltas al mundo.

 

Sus padres y hermano destrozados ante su propia incomprensión y viéndose descubiertos en su propia incapacidad, decidieron regresar  a Caldas e reiniciar sus vidas allí. Claudia que ya había roto su incomunicación les dijo que iba a volver con sus amigos a Pebane y así lo hizo; pero en esta ocasión, viajó sola, y nada más llegar al aeropuerto, su interior gritaba la alegría que le producía sentirse libre para poder ver sus ramas y charlar con ellos todo el tiempo que ella quisiese. Esa misma noche, y sin temer peligros, se acercó al monte y  les contó a los árboles todo lo que le había pasado en ese tiempo. Se sintió escuchada y comprendida por primera vez en ocho años, en aquel bello paraje en el que el cielo lleno de estrellas le servía de techo y las frondosas ramas eran su consuelo.

Tras su meditación decidió construirse una casa allí mismo y al día siguiente contrató al arquitecto, un buen amigo de su madre que la atendió con sumo gusto y en pocos meses concluyó su proyecto.

 

En el lugar donde, para ella, el cielo y la tierra se juntaban, pudo encontrar serenidad y paz. Todos los días abrazaba a los troncos y les contaba cómo transcurría su día, y con una sensación inmensa de goce interior, empezó a vivir otra vez, con la serenidad de saber que nunca volvería a dejar ese monte. Y cuando anochecía, le esperaba la preciosa fiesta de la naturaleza en la que ella se sumergía hasta llenarse del alma de la Tierra.

 

MMC ©

 

 

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Sigilosa danza

 
 

Una pareja de arquitectos, recién casados, fueron de viaje de novios a Egipto; lugar en el que pensaban encontrar todas las delicias y hermosos parajes que era imposible ver en una ciudad como Nueva York.

 

Sin dificultad, pudieron entenderse con la gente de Luxor, les recibieron con amabilidad y atención. Decidieron hacer una excursión por el río Nilo, como casi todos los turistas, en un precioso barco en el que todo estaba preparado para proporcionarles un plácido recorrido. El sirviente, que se encargaba  de servir las comidas en el crucero, con el paso de los días, entabló conversación con Silvia. El egipcio de mediana edad, Abded, le contó a la joven, que su mujer había fallecido en el parto de su hija y que ésta estaba al cuidado de unos parientes en Nag´el Tunab, ciudad en la que el turismo era una gran fuente de ingresos. Iba a verla siempre que tenía un rato libre, pero con su trabajo las posibilidades eran escasas. La niña tenía 3 años de edad y se llamaba Sarah. Silvia conmovida por la historia de Abded, se la contó a su marido, Joseph, y éste le dijo que si ella quería, podían ir verla e intentar ayudarla de alguna forma.

 

Abded fue informado de las intenciones de la pareja  una tarde en la que el color rojo del cielo marcaba el crepúsculo;  las aguas estaban cristalinas de un color ligeramente verdoso. Estuvo hablando con ellos sobre la pequeña que vivía cerca de allí, a no más de una o dos horas en coche. De pronto comenzó a llover y el color rojo se transformó en nubes grises azuladas que surcaba el cielo con rapidez. La tormenta era inminente y el piloto decidió anclar el barco para no sufrir riesgos. El egipcio les contó, con detalle, cómo había muerto la madre de la niña; el no se había casado porque no tenía tiempo para ello y todo el dinero que ganaba, era para su hija; estaba ahorrando para darle una buena educación y mensualmente le daba una cantidad a sus tíos para que a Sarah no le faltase de nada. No se sentía satisfecho porque creía que debía criarse en un hogar. Joseph y Silvia abrieron los ojos de par en par porque ellos no tenían hijos. Y sin más dilación le dijeron a Abded, que si quería, ellos podrían adoptar a la pequeña.

 

La tormenta amainaba y la embarcación prosiguió su recorrido; el egipcio continuo con su trabajo y en un momento de descanso, se acercó a los dos y les dijo que si estaban dispuestos, la niña era para ellos, pero tenían que asegurarle que le iban a dedicar cariño y que no le podía faltar de nada. Así fue como lo hicieron y la pareja, una tarde, cuando ya finalizó el crucero, fueron con el egipcio al lugar donde vivía la cría.

Les resultó desolador comprobar que sus tíos no le prestaban ninguna atención, la niña estaba en el suelo, toda sucia y casi sin ropa y ellos en el interior de la casa derrochando, en timbas de carta, el dinero que recibían de Abded. A éste le cayeron dos gruesas lágrimas de los ojos cuando pudo comprobar lo que ocurría allí. Cogió a su hija entre sus brazos y se la entregó a la familia. Decidieron no legalizar la situación; iba a  ser un serio  largo proceso de papeleos que tardarían muchísimo tiempo en resolver y  la pareja podía llevársela como si fuese una sobrina que recogían en el país.

 

Así lo hicieron y la pequeña salió fugitiva con unos padres nuevos. Cuando llegaron a Nueva York, Silvia empezó a preparar con gran alegría el dormitorio de la niña así como sus ropas, juguetes y demás. Declararon que era familia de Joseph y que iba a pasar una gran temporada con ellos. Le pusieron el apellido de su nuevo padre.

 

Joseph no pasaba casi tiempo en su casa, pero al ver a su mujer tan contenta con la pequeña de enormes ojos almendrados, no se preocupó más y continuó con su vida. El hecho de que Silvia no se quedase embarazada, hizo que la atención hacía la pequeña fuera desmedida, no la dejaba ni un minuto sola, la llevaba a todas partes con una nurse que tenía para su cuidado y,  de ser una pobre niña egipcia, se convirtió en una princesa del cuento soñado por otra persona.

 

La niña creció y  cuando tenía cinco años quiso que le explicasen quien era su padre, pero su madre “adoptiva" no le quiso decir nada; ese día le compró varios juguetes y diez vestidos más, para que distrajesen su atención. Pero ella continuaba preguntando, hasta que los nervios de Silvia un día estallaron y llamó a su marido para decirle lo que estaba pasando. Entre otras cosas, la pequeña no tenía documentos legales y además se podrían encontrar con un problema muy serio de justicia al haberla sacado de su país, y mucho más en un momento en el que comenzaba su escolarización.

La pareja pensó que con el tiempo se le pasaría y la volvieron a colmar de caprichos sin mirar sus ojos, que de tristeza estaban llenos porque no podía comprender que estaba ocurriendo.

Joseph llamó a Abded por teléfono para explicarle la situación, pero el egipcio le dijo que se las arreglara por si mismo, porque el no podía ir, y enviarla de nuevo a su país era todo un problema.

 

La pequeña se fue encerrando cada vez más en si misma y  los regalos poco le importaban. La exageración de su madre adoptiva respecto de sus cuidados y atención comenzaron a resultarle insoportables. Comenzó a tener problemas con la alimentación, se negaba a comer y solamente ingería la cantidad, que de forma obligada, le daba su madrastra. Joseph y Silvia comenzaron un largo recorrido de médicos sin que ninguno de ellos encontrase nada insano en su salud. El último que visitaron les recomendó que la dejasen a comer en el colegio al mediodía. Hablaron con su tutor y poniéndole en antecedentes de su problema, siguieron el consejo del especialista. Fue una sorpresa para todos el que empezase a comer bien, rodeada de sus compañeros y aunque durante los desayunos y cenas seguía sin mostrar apetito, con el tiempo fue mejorando de forma ostensible y recuperando algo de peso.

 

Así pasaron dos años más y cuando Sarah cumplió siete, la cambiaron de colegio para que pudiese completar sus estudios.

La niña se sentía diferente a los demás. Se había acostumbrado a sus pequeños compañeros y éstos además de desconocidos eran mayores que ella. Y cuando a la salida encontraba a Silvia, aumentaban su tedio y melancolía.

La posesión de la chica iba en aumento, no le estaba permitido salir con amigos y si hacía alguna fiesta, ésta se celebraba bajo la atenta mirada de Silvia, que consideraba que era la mejor manera de cuidar a su hijastra.

Ningún niño le parecía bueno para ella y sus amigas también eran despreciadas por la madre. Joseph que la adoraba y hablaba mucho con ella, estaba cegado por lo que le contaba su mujer y creía a pies juntillas que no había nadie que fuese adecuado para su hija. Por otra parte, temía que fuese juzgada por el color de su piel y aunque era una niña muy hermosa, pensaba que podía sufrir  por ello.

En ningún momento se planteó adoptarla de un modo legal, de alguna manera, estaba por encima de las leyes y se sentía bien así; no había tenido contratiempos y su poder, consecuencia de su situación social, le daba seguridad.

 

El aislamiento de Sarah era una realidad contra la que no podía luchar; solamente trataba a los amigos que poco a poco fue haciendo en el colegio.

Comenzó a pensar como los adultos, desde muy niña, sin tener libertad; sus tentativas de vivir estaban siendo zanjadas y sus padres adoptivos decidieron que ingresase en una escuela de ballet para que se animase y obtuviese una formación artística. Sarah, que no pudo hacer otra cosa más que aceptar, comenzó a bailar la danza de las impuestas miserias.

 

Y un día en el que lluvia caía por la ventana del salón de baile, ella imaginó que era una de las gotas que se deslizaba silenciosa para ir a caer al suelo; en esos momentos sintió agradecimiento por la vida, pero la exigencia y el control eran excesivos en su casa y persistían en su negativa de contarle cual era su procedencia. Se convirtió con los años en una bailarina de fama internacional, acompañada por el gran enigma de su origen y por su inalterable madre que no la dejaba sola en ningún lugar y mucho menos tomar decisiones propias. Solamente sentía libertad en el baile.

 

Una noche, cuando creía que  todos se habían ido, comenzó a danzar sin música, un bello cuadro en el que ella se sentía libre. Su profesora estaba observándola, pero de pronto salió y le preguntó con suavidad:

 

-¿Qué pieza estás bailando?

 

Ella respondió, con una sonrisa en los labios:

 

-Bailo el silencio de mi vida en la danza sigilosa del firmamento.

 

Su maestra improvisó al piano y entre ambas, compusieron una de las piezas que la hicieron más famosa y pudo  viajar a otros lugares sin la constante vigilancia de su madrastra; la profesora habló con ella y llegó a conformarse con la situación. La llamaron Sigilosa danza. Bailaba solamente acompañada por las suaves notas del piano, y cuando la interpretaban, los aplausos retumbaban en los teatros.

Ocurría algo llamativo al empezar la obra, fuese cual fuese el tiempo, el cielo le regalaba algunas gotas de lluvia para que ella pudiese verlas caer a través de los cristales.

 

 

MMC ©

 

 

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El robot que nunca quiso hablar

 

En el taller de un científico experto en robótica, fue recibido el encargo de diseñar un robot con forma humana cuyo objetivo era hacer de sirviente para una familia. Entusiasmados con el proyecto todos se pusieron manos a la obra;  al cabo de una semana el robot ya estaba diseñado y programado para sus funciones, le dieron el aspecto de un hombre joven y moreno y le llamaron Adam; era tan similar a un ser humano que no había forma de diferenciarlo en su aspecto exterior. Muy contentos con su creación, el científico y sus ayudantes enviaron su obra a la familia a la que iba destinado, con un gran libro de instrucciones por si surgían problemas.

Adam se mostró muy atento y cortés en todo momento y servía a la familia en todo aquello que le pedían; por la noche se retiraba a su dormitorio y allí sentado en una silla, porque no necesitaba cama, pasaba las horas hasta el nuevo amanecer; a las 7 en punto de la mañana despertaba a sus dueños y les preparaba el desayuno, una vez hecho esto les escogía la ropa que tenían que ponerse, la planchaba y la adecuaba para cada uno de los miembros de ese hogar. El padre siempre iba vestido con traje de chaqueta, era un importante ejecutivo, tenía que ir correctamente vestido y con seriedad; la madre trabajaba en una empresa editorial y como tal también necesitaba ropa adecuada, moderna pero muy arreglada y los niños, eran tres, iban todos al mismo colegio lo cual facilitaba la tarea del robot porque solamente tenía que preparar sus uniformes durante la semana; los fines de semana todos ellos por si solos escogían sus prendas de vestir que después de usadas, volvía a dejar intactas y las guardaba en el armario correspondiente.

             Pasadas dos semanas, uno de los niños extrañado, le preguntó a su padre:
– ¿Porqué Adam no habla? lleva un tiempo en esta casa y hace de todo pero no sale una palabra de su boca.


El padre extrañado ante la pregunta del niño ya no le había dado importancia a ese hecho, le respondió:
– Hijo no sé porque no habla, igual es que nadie le ha preguntado.


El niño se fue corriendo a la zona de lavandería de la casa y le preguntó al robot:
– Adam ¿porqué no hablas?


El inclinó la cabeza hacia abajo miró al niño pero no respondió nada.

            El niño, meditabundo, volvió a conversar con su padre y le dijo que la máquina continuaba sin hablar y el padre pensó que posiblemente fuera un error en su programación y así se lo hizo saber al niño.
Llamó al taller del científico preguntando qué problema había con el robot porque no hablaba y había revisado el libro de instrucciones y estaba programado para ello.
El experto extrañado le propuso que llevasen un día a Adam a su taller y él vería que ocurría en ese momento.


             Cuando el robot vio al sabio, agachó la cabeza, y su creador le peguntó:
– Adam ¿Por qué no hablas?


El no respondió nuevamente.

            Ante esa negativa el experto se lo llevó a uno de los talleres y allí a solas le volvió a repetir la pregunta y entonces Adam contestó:
– No hablo porque soy una máquina sin corazón.

 
El científico sorprendido, le dijo:
– Fuiste creado así, no eres humano pero eso no te impide hablar y comunicarte con la familia que tanto te quiere desde hace un tiempo.


Adam cabizbajo y con una voz muy tenue, dijo a su vez:
– Yo lo sé, pero poco les querría si yo hablase, en poco podría ayudarles si yo hablase y de poco serviría si yo hablase.


El científico le propuso que le explicase con algunas palabras más lo que quería decir porque no le entendía y Adam así lo hizo:
– No hablo porque hablaría la lógica no un corazón, y de poco serviría mi aplastante lógica sino manifiesto un sentimiento de amor y muy poco les querría si les hablo sin corazón.

             El experto, aunque dubitativo, comenzó a entender los razonamientos de Adam pero el problema que él tenía era que la familia quería que el robot hablase y como tal lo habían comprado y así se lo expuso a Adam.


             El robot le miró con seriedad y le propuso que les preguntase si era imprescindible que él hablase para continuar en la casa.

Así lo hizo y el padre sorprendido ante la pregunta respondió:
– Imprescindible no es porque lleva dos semanas en nuestra casa y nadie, excepto mi hijo pequeño, se había dado cuenta pero ya por curiosidad doctor ¿porqué no habla Adam? ¿tiene algún defecto irreparable en su funcionamiento?
– No, su maquinaria es perfecta, puede hablar cuanto quiera pero él no quiere y aduce que no puede hablarles desde la lógica sin mostrar sentimientos de amor porque entonces de poco serviría en su casa.

El padre miró a Adam y tras un breve momento de reflexión, le dijo al científico:
– Comprendo muy bien lo que dice, la lógica sin amor puede ser devastadora
Miró al robot y le dijo:
– Para mí no es un problema que no quieras hablar, tu argumento me hace pensar que tienes corazón aun sabiendo que no es así, pero también sé que a esa actitud te lleva la lógica; si te parece volvemos a casa y puedes seguir con nosotros todo el tiempo que tu quieras sin hablar pero has de prometerme que si algún día quieres hacerlo, lo harás con libertad.
El robot asintió con la cabeza y ambos se fueron del taller.

           Pasaron los años y Adam jamás habló y la familia no tuvo ningún problema en continuar con sus excelentes servicios.

 

MMC (C)

La silla de ruedas (relato corto)

En la sala de espera de un hospital, en el que la afluencia de público era muy superior a la atención que podía prestarse por parte de los médicos; yo  llevaba  más de una hora sentada esperando a que me llamase la enfermera, cuando observé que una familia se acercaba y tomaron asiento en la fila de sillas que había delante de mí; entre ellos había una señora bastante mayor, con una enfermedad que le impedía moverse en una silla de ruedas; se sentaron de manera que la familia me daba la espalda pero dejaron el carro con la señora enfrente de mí; por lo que pude observar era una máquina dotada de todo tipo de comodidades y la enferma parecía estar bien sentada en ella, de hecho estaba medio dormida. Pasaron más de 45 minutos y todavía sin llegar mi turno, vi como la mujer estaba desplazándose hacia abajo y  un lado en su silla, miré a su familia pero ellos conversaban alegremente; por el momento no noté un peligro especial, la silla era amplia y le permitía ese tipo de movimientos.

 

Pasados 15 minutos, me llamó la enfermera porque había llegado mi turno; miré a la enferma y estaba a punto de caer; pensando en decírselo a sus acompañantes me levanté, pero al verme de pie, el que parecía ser su marido, se acordó que su mujer estaba detrás y le dijo:

         Ten cuidado que vas a caerte.

 

Ella no respondió, parecía tener dificultades en el habla.

 

El hombre se levantó, le dio la vuelta a la silla de ruedas poniéndola a su lado.

 

Yo mientras caminaba hacia el médico que me correspondía, pensativa,  me hice la siguiente pregunta  ¿Porqué si la señora estaba tan enferma la pusieron de espaldas a ellos?

 

No encontré respuesta,  no había ninguna ventana a donde mirar y lo único que se me ocurrió, es que en el momento de llegar era más sencillo colocar el carro en esa dirección que darle la vuelta.

 

MMC (C)

 

 

La Conquista de Nubión (Relato corto de ciencia ficción)

 

En un planeta del Universo llamado Urbe, distante de la Tierra millones de años luz, no existían los rayos del Sol y la oscuridad era el ambiente normal del Orbe. Las pocas gentes que allí habitaban  no sabían  porqué habían nacido en ese lugar, ni cómo había llegado el primero de ellos. En general se podría decir que eran personas valerosas, pero al no haber sentido el contacto de la luz, el frío y la penumbra era lo que reinaba en sus vidas.

 

            En una de las familias que allí vivía, habían dos niños, muy curiosos y juguetones; la niña era mayor, se llamaba Junk y se comportaba de un modo disciplinado ante los mandatos de sus padres y personas que la tutelaban; el niño, de nombre Kork,  era algo más travieso y le gustaba crear sus propias peripecias, era como si se sintiese iluminado por un Sol inexistente.

Una noche se podía ver muy de cerca al planeta Nubión, daba escalofríos porque la superficie era volcánica y solamente pensar en poner un pie encima de esa superficie parecía completamente imposible; por otro lado la atmósfera era irrespirable. La madre de los niños estaba contemplando el Orbe y les dijo a ambos:

 

-Tenéis que tener  el valor suficiente para ir a Nubión y conseguir que no se convierta en una amenaza para Urbe.

 

Los dos niños sorprendidos ante la petición de la madre, que por otra parte, se mostraba temerosa ante el planeta vecino, se sintieron muy valerosos y llenaron su cabeza de fantasías sobre cómo llegar a Nubión y  sobrevivir en un planeta sin oxígeno.

 

Kork pensó que vistiéndose de astronauta podría respirar, el problema era cómo caminar por esa superficie llena de fuego por todas partes sin que se quemase su traje; por lo que pensó que si se impulsaba por un motor en su espalda podría flotar en el ambiente y así llegar al Orbe y sobrevolarlo,  para inspeccionar el terreno; averiguando de esa manera qué peligros suponía su existencia para Urbe, porque quizás lo único que pasaba era que tenía mal aspecto y que no hubiesen habitantes peligrosos en el mismo.

Junk  se puso a estudiar la composición del planeta, para averiguar por medio de la ciencia, como llegar de una manera segura.

Pasaron los años y ninguno de los dos niños se atrevía a ir a Nubión; la niña no encontraba en los libros nada que le explicase el porqué era tan peligroso para Urbe y por otra parte, tampoco encontraba nada seguro que permitiese estar en su superficie sin morir en el intento.

 El niño, ya se había probado varios trajes de astronauta y en sus entrenamientos para volar con un motor en la espalda, se llevó más de un tropezón, por lo que estaba descartando la posibilidad del motor como algo seguro; tenía que ser algo más sofisticado. Le preguntó a su hermana si ella podía encontrar en los libros algo que le permitiese sobrevolar el planeta, sin caer en los cráteres volcánicos ni quemarse con las llamas que de allí salían despedidas. La niña continuó estudiando pero  un día le  dijo a su hermano:

 

-Yo no encuentro nada que resista las temperaturas del Orbe, son más de 700 ºC lo que existe a 1 metro de la superficie, por lo que tendrías que volar a cientos de  kilómetros de altura, y eso me parece un absurdo, porque si nos ponemos a pensar, la mejor manera de ver a Nubión es desde donde estamos; no podemos volar porque si nos caemos, iríamos a parar a la atmósfera del Universo y allí nos desintegraríamos por completo.

 

El niño, meditabundo, le comentó a su vez:

– Entonces, si es imposible llegar a Nubión ¿porqué mamá nos ha pedido que vayamos y lo exploremos?

 

Su hermana le respondió:

– Yo no lo sé, pero podemos preguntárselo a ver que nos dice, ya han pasado muchos años e igual ella tiene la solución.

 

Los dos niños encantados con la idea, se fueron a su madre y le dijeron casi al unísono:

          Mamá, hace ya casi cuatro años que nos pediste ir a Nubión para que explorasemos su superficie y  comprobar que no era peligroso para Urbe; mi hermana y yo hemos estudiado todas las formas posibles que conocemos y no encontramos ninguna que suponga estar a salvo; en todas ellas las posibilidades de supervivencia son nulas ¿porque nos pediste que fueramos a un planeta tan peligroso?

 

 La madre riéndose a carcajadas, les respondió:

          Bueno, os dije a los dos que nos salvarais de Nubión para comprobar vuestro valor, ya veo que habéis sido unos niños muy valientes y que habéis estudiado todas las formas posibles de ir. Pasado todo este tiempo he podido comprobar que  no es dañino, es más, pienso que es mejor tener cerca este planeta que otro como el Sol, ya  que la luz nos quemaría los ojos.

 

Los niños se miraron el uno al otro, aún sin comprender a su madre en esa prueba de valor a la que habían sido sometidos; por un lado sentían que habían estado perdiendo el tiempo y por otra no se consideraban más valientes por haber fracasado en su empresa de ir al planeta, es más se sentían hasta cobardes por no haber podido cumplir los deseos de su madre y haberle llevado Nubión en una bandeja de cristal.

 Pasó el tiempo y en sus cabezas seguía rondando la idea de cómo emprender la hazaña imposible, porque para ellos ya se había convertido en un reto; hasta que siendo mucho más mayores comprendieron que las penumbras debieron afectar a su madre,  y que en el momento en el que les pidió que fuesen allí, lo que ella  tenía era un pánico atroz  y pensó en sus dos valerosos hijos, que entonces eran muy pequeños, para quitarse el miedo; cuando posiblemente con algo de calor, esa angustia se le hubiese pasado, y no hubiese tenido la necesidad de pedirles semejante imposible.

Los niños nunca olvidaron eso y cada vez que su madre les trasladaba su temor, lo que hacían era abrazarla y darle su calor y de esa manera consiguieron evitar que les pidiese extrañas gestas que pertenecían al mundo de lo irreal.

 

MMC (C)