Archivo mensual: septiembre 2008

Disfraces de los sueños

 
 
La mente dormida…
divaga en los extraños subterfugios
de nuestra percepción
y entre sueños, exclama:
¡Si no soy yo!
Sin embargo…
perenne es la conciencia
como testigo aun de las mayores crudezas
y con disfraces que sirven de abrigo
para comprender mejor la escena,
nos enfrentamos a nosotros mismos
cada noche.
 
MMC ©
 

De árbol en árbol

 
 
 
 

Residían en Mozambique y su vida no era de ensueño, pero tenían una privilegiada situación que les permitía vivir y viajar con toda holgura, en un lugar en el que el hambre y la miseria se respiraban por las calles.

 

Habían llegado al país, poco después de haber nacido su hija, con un pequeño, Carlos, de tres años que disfrutaba de su inocencia. Procedían de Portugal y en la ciudad de Caldas da Rainha habían dejado a sus familiares.

 

Pebane les pareció un  buen sitio para vivir; en la zona de Macuacuane, los árboles cubrían los montes y su costa estaba bañada por el océano Índico con playas que mostraban todo el esplendor de una belleza natural.

 

Se casaron en Caldas y aunque su intención era vivir en Coimbra, un golpe de suerte en su destino, les llevó a tan alejado lugar de África. Rosalía era arquitecta de profesión y no tenia ningún problema con su trabajo, es más, le iba muy bien en la próspera ciudad; pero un día, le avisaron de la posibilidad de iniciar un proyecto de construcción de casas en Pebane. Estaba muy bien remunerado ya que les suponía gratuidad en la vivienda y en los viajes que considerasen necesarios. Su marido, Camilo, era abogado en ejercicio y  a pesar de que estaba contento, no le importó sacrificar su despacho para experimentar en un nuevo mundo, en el que las injusticias clamaban al cielo.

 

Ambos trabajaban felices en sus profesiones, en esa bella ciudad en la que habían encontrado riqueza en medio de una intensa pobreza. Carlos entró en un colegio a los cinco años y su hermana permaneció en casa hasta bien pasados los seis. Era una niña tímida, que le gustaba jugar sola, y no había hecho muchas amigas entre los conocidos de sus padres. Una profesora particular iba a su casa, dos veces a la semana, para enseñarle a leer y escribir y alguna operación aritmética; a estas clases también asistía su hermano porque le servían de repaso y así fue convirtiéndose en un esplendido estudiante. Hasta ese momento se podría decir que eran una familia dichosa, tenían todo lo necesario y lo que no encontraban en el lugar lo compraban en alguno de sus múltiples viajes a Portugal.

El problema comenzó cuando Claudia ingresó en el colegio, continuaba con su profesora, pero la niña no avanzaba en los estudios lo suficiente; no era tan brillante como su hermano y por supuesto no se parecía a sus padres, que habían sido estudiantes destacados desde la infancia.

A pesar de ello, se mantuvo en una mediocridad, que la salvaba de críticas excesivamente severas; no obstante, la frase "la niña tiene más inteligencia de la que demuestra" era objeto de charlas constantes en su ambiente familiar.

Ella había crecido allí y era un bebé de meses cuando sus padres llegaron, luego, no lo podían atribuir a un problema de adaptación y mucho menos de inferioridad respecto de sus compañeros, porque había heredado de su madre una increíble belleza que fue en aumento y que supuso una crisis familiar cuando cumplió los 10 años.

 

La gran afición de Claudia era acercarse a los bosques en cuanto podía y abrazarse a sus troncos, en ellos encontraba la serenidad de su espíritu y en la contemplación de la naturaleza su máximo éxtasis. Y lo que, en un principio, parecía algo bucólico y bonito para una niña de su edad, teniendo en cuenta que no se alejaba mucho de su casa y que fácilmente se la encontraba; cuando empezó su madurez, el pánico de sus padres por los peligros que podían rodearla, fue en aumento. No había ocurrido nada que les hiciese inquietarse; sin embargo, las historias de violaciones que circulaban por la ciudad, hicieron que tomasen una decisión respecto de su hija, que por su cabello rubio y el precioso verde de sus ojos, podría resultar un objetivo muy goloso para cualquier pervertido y ellos suponían que para más de uno.

 

La niña, con su inocencia, no alcanzaba a comprender la situación de emergencia vital que se había creado a su alrededor. Pero hasta su hermano, que entonces ya tenía trece años, consideraba que era peligroso que anduviese sola.

Para paliar el problema le dijeron que tendría que salir acompañada y mucho más a los bosques. Desde ese momento, cuando regresaba del colegio, se quedaba en casa y solamente los fines de semana, con su ama, se podía acercar a los árboles más próximos.

 

Claudia empezó a notar que su vida había perdido el sentido, su máxima diversión no podía ser sustituida por una visita semanal. No le daba tiempo a saludar a todos sus árboles favoritos; se quedó con todas sus íntimas charlas frustradas. Soñaba por las noches que iba a visitarles y les contaba todo lo que le estaba pasando, y en su interior le respondían que tuviese paciencia porque algún día todo cambiaría.

 

Así transcurrieron tres años de su vida, y la profunda soledad que sentía, no se vio disminuida por una edad, en la que la asistencia a reuniones sociales hubiese sido la alegría de cualquier niña. Sus mejores amigos seguían sin estar cerca de ella.

No observaron cambios en sus estudios, pero su melancolía la delataba y se mostraba como una mujercita callada y poco interesada, en general por el entorno en el que la habían obligado a existir desde los diez años.

Sufría intensas crisis de llantos y desde su ventana miraba a los árboles lejanos intentando hablar con ellos, pero un día ya no le contestaron. Ella no entendía el porqué sus amigos habían dejado de llegar a su corazón. Pero pudo saberlo en poco  tiempo.

 

Aunque sus padres ya no hablaban con ella del tema, una mañana de un luminoso fin de semana, fueron a su habitación. Le preguntaron sobre sus inquietudes respecto de sus estudios y también sobre sus emociones; tenía una edad en la que era normal que ya hubiese surgido algún amorío. Claudia no respondió a ninguna de sus preguntas, se quedó completamente callada, mirándoles e intentando que viesen en sus ojos, que su alma estaba sangrando por un dolor tan intenso. Rosalía no era una gran amante de la naturaleza y no llegó a intuir qué le pasaba a su hija y, su padre, obsesionado por los peligros, solamente vio a una niña que no hablaba. No pasó más de una semana, cuando al observar que su comportamiento era el mismo con todas las personas que vivían en la casa y en el colegio, la llevaron a un psicólogo especialista en desórdenes mentales de la adolescencia. Estuvo reconociendo e interrogando a Claudia durante más de dos horas y cuando terminó, con una seriedad alarmante, se dirigió a sus padres:

 

– ¿Ustedes no habían observado que su hija tenía retraso en los estudios?

Rosalía contestó demudada:

 

-Pensábamos que su inteligencia era superior a lo que demostraba en sus notas pero nunca suspendió y los profesores no nos llamaron la atención al respecto.

 

El especialista continuó, sin perder el aire de gravedad:

 

-La niña puede tener autismo, es una enfermedad que empieza a desarrollarse desde el crecimiento en condiciones normales, o bien como consecuencia de un shock. ¿Recuerdan si en su infancia hubiese sufrido alguna situación que la alarmase y desde entonces su conducta fuera diferente?

 

Camilo  respondió, en esta ocasión:

 

– Todo lo contrario, hemos intentado protegerla de los peligros que se cernían a su alrededor precisamente para evitarle un daño de ese tipo.

 

Pues bien, prosiguió, el médico:

 

– Les recomiendo el internamiento de la chica en un centro especializado para autistas, en el que estará con niños con su problema y recibirá la terapia adecuada.

 

Los padres que no podían salir de su asombro, sintieron como una nube de tristeza cubría sus vidas y aunque el sol era esplendoroso, el día para ellos se tornó gris y pesado.

 

Después de hablar largo y tendido, decidieron que no podían someterse a la vergüenza de tener una hija con una enfermedad mental; como dinero precisamente no les faltaba, decidieron comprar una pequeña casa de campo, algo alejada de la zona donde vivían, y contrataron a una mujer de absoluta confianza para que se ocupase de cuidar a la niña.

 

Y así fue, como una noche, los árboles empezaron a gemir y Claudia pudo ver que el cielo azulado se estaba volviendo rojo, al mismo tiempo que le estaban haciendo sus maletas. Al día siguiente fue encerrada en una casa, sin más terapia que la ayuda que le podía prestar la bondad como ser humano de Aasiya, que le preparaba su alimento y con la que podía salir un poco de su mutismo. Sin embargo, su encierro en si misma era tal, que nunca le contó lo que pensaba. Ella seguía hablándoles, en la distancia, a los árboles que no veía y cuya voz seguía sin escuchar. Pero un atardecer, oyó que sus ramas se movían y por la pequeña ventana, que tenía en su cuarto, pudo ver una luminosa luz que cruzaba el cielo.

 

A los dos días, sus padres fueron a la casa para decirle que tenían que viajar a Coimbra, habían recibido una citación en la que se expresaba que había fallecido el padre de Camilo y  convertía a Claudia en heredera universal. Rosalía le dijo a Aasiya que iban a iniciar los trámites de discapacitación de su hija, que ya contaba con dieciocho años de edad, y se la iban a llevar, al menos por unos meses, mientras durase todo el trámite.

 

Viajaron todos a Portugal y expresaron al abogado sus intenciones; éste les indicó que quitarle la herencia suponía la celebración de un juicio, en el que se pediría que demostrasen la enfermedad de la heredera. Ernesto sólo pudo conseguir un certificado del psicólogo en el se expresaba la presencia de autismo sin tratar adecuadamente, y ningún especialista de Coimbra se quiso hacer cargo del caso, aludiendo a que en ningún momento había recibido la terapia necesaria para la recuperación de su enfermedad.

 

Claudia se encontró ante un juez y con toda su familia como enemigos y cuando el letrado le preguntó directamente a ella qué opinaba sobre la herencia recibida; ante la incredulidad de todos, la chica comenzó a hablar y explicó lo que le había ocurrido desde que la separaron de la naturaleza y la obligaban a salir custodiada, así como los años de encierro en la casa con Aasiya. El letrado solicitó un examen psiquiátrico de la muchacha y el resultado fue que no padecía ningún tipo de enfermedad relacionada con el autismo,  que su incomunicación se debía a una falta de comprensión de sus sentimientos. Este resultado cambió la vida de Claudia, y después de la celebración del juicio, se encontró con dieciocho años y con dinero suficiente para dar varias vueltas al mundo.

 

Sus padres y hermano destrozados ante su propia incomprensión y viéndose descubiertos en su propia incapacidad, decidieron regresar  a Caldas e reiniciar sus vidas allí. Claudia que ya había roto su incomunicación les dijo que iba a volver con sus amigos a Pebane y así lo hizo; pero en esta ocasión, viajó sola, y nada más llegar al aeropuerto, su interior gritaba la alegría que le producía sentirse libre para poder ver sus ramas y charlar con ellos todo el tiempo que ella quisiese. Esa misma noche, y sin temer peligros, se acercó al monte y  les contó a los árboles todo lo que le había pasado en ese tiempo. Se sintió escuchada y comprendida por primera vez en ocho años, en aquel bello paraje en el que el cielo lleno de estrellas le servía de techo y las frondosas ramas eran su consuelo.

Tras su meditación decidió construirse una casa allí mismo y al día siguiente contrató al arquitecto, un buen amigo de su madre que la atendió con sumo gusto y en pocos meses concluyó su proyecto.

 

En el lugar donde, para ella, el cielo y la tierra se juntaban, pudo encontrar serenidad y paz. Todos los días abrazaba a los troncos y les contaba cómo transcurría su día, y con una sensación inmensa de goce interior, empezó a vivir otra vez, con la serenidad de saber que nunca volvería a dejar ese monte. Y cuando anochecía, le esperaba la preciosa fiesta de la naturaleza en la que ella se sumergía hasta llenarse del alma de la Tierra.

 

MMC ©

 

 

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Sigilosa danza

 
 

Una pareja de arquitectos, recién casados, fueron de viaje de novios a Egipto; lugar en el que pensaban encontrar todas las delicias y hermosos parajes que era imposible ver en una ciudad como Nueva York.

 

Sin dificultad, pudieron entenderse con la gente de Luxor, les recibieron con amabilidad y atención. Decidieron hacer una excursión por el río Nilo, como casi todos los turistas, en un precioso barco en el que todo estaba preparado para proporcionarles un plácido recorrido. El sirviente, que se encargaba  de servir las comidas en el crucero, con el paso de los días, entabló conversación con Silvia. El egipcio de mediana edad, Abded, le contó a la joven, que su mujer había fallecido en el parto de su hija y que ésta estaba al cuidado de unos parientes en Nag´el Tunab, ciudad en la que el turismo era una gran fuente de ingresos. Iba a verla siempre que tenía un rato libre, pero con su trabajo las posibilidades eran escasas. La niña tenía 3 años de edad y se llamaba Sarah. Silvia conmovida por la historia de Abded, se la contó a su marido, Joseph, y éste le dijo que si ella quería, podían ir verla e intentar ayudarla de alguna forma.

 

Abded fue informado de las intenciones de la pareja  una tarde en la que el color rojo del cielo marcaba el crepúsculo;  las aguas estaban cristalinas de un color ligeramente verdoso. Estuvo hablando con ellos sobre la pequeña que vivía cerca de allí, a no más de una o dos horas en coche. De pronto comenzó a llover y el color rojo se transformó en nubes grises azuladas que surcaba el cielo con rapidez. La tormenta era inminente y el piloto decidió anclar el barco para no sufrir riesgos. El egipcio les contó, con detalle, cómo había muerto la madre de la niña; el no se había casado porque no tenía tiempo para ello y todo el dinero que ganaba, era para su hija; estaba ahorrando para darle una buena educación y mensualmente le daba una cantidad a sus tíos para que a Sarah no le faltase de nada. No se sentía satisfecho porque creía que debía criarse en un hogar. Joseph y Silvia abrieron los ojos de par en par porque ellos no tenían hijos. Y sin más dilación le dijeron a Abded, que si quería, ellos podrían adoptar a la pequeña.

 

La tormenta amainaba y la embarcación prosiguió su recorrido; el egipcio continuo con su trabajo y en un momento de descanso, se acercó a los dos y les dijo que si estaban dispuestos, la niña era para ellos, pero tenían que asegurarle que le iban a dedicar cariño y que no le podía faltar de nada. Así fue como lo hicieron y la pareja, una tarde, cuando ya finalizó el crucero, fueron con el egipcio al lugar donde vivía la cría.

Les resultó desolador comprobar que sus tíos no le prestaban ninguna atención, la niña estaba en el suelo, toda sucia y casi sin ropa y ellos en el interior de la casa derrochando, en timbas de carta, el dinero que recibían de Abded. A éste le cayeron dos gruesas lágrimas de los ojos cuando pudo comprobar lo que ocurría allí. Cogió a su hija entre sus brazos y se la entregó a la familia. Decidieron no legalizar la situación; iba a  ser un serio  largo proceso de papeleos que tardarían muchísimo tiempo en resolver y  la pareja podía llevársela como si fuese una sobrina que recogían en el país.

 

Así lo hicieron y la pequeña salió fugitiva con unos padres nuevos. Cuando llegaron a Nueva York, Silvia empezó a preparar con gran alegría el dormitorio de la niña así como sus ropas, juguetes y demás. Declararon que era familia de Joseph y que iba a pasar una gran temporada con ellos. Le pusieron el apellido de su nuevo padre.

 

Joseph no pasaba casi tiempo en su casa, pero al ver a su mujer tan contenta con la pequeña de enormes ojos almendrados, no se preocupó más y continuó con su vida. El hecho de que Silvia no se quedase embarazada, hizo que la atención hacía la pequeña fuera desmedida, no la dejaba ni un minuto sola, la llevaba a todas partes con una nurse que tenía para su cuidado y,  de ser una pobre niña egipcia, se convirtió en una princesa del cuento soñado por otra persona.

 

La niña creció y  cuando tenía cinco años quiso que le explicasen quien era su padre, pero su madre “adoptiva" no le quiso decir nada; ese día le compró varios juguetes y diez vestidos más, para que distrajesen su atención. Pero ella continuaba preguntando, hasta que los nervios de Silvia un día estallaron y llamó a su marido para decirle lo que estaba pasando. Entre otras cosas, la pequeña no tenía documentos legales y además se podrían encontrar con un problema muy serio de justicia al haberla sacado de su país, y mucho más en un momento en el que comenzaba su escolarización.

La pareja pensó que con el tiempo se le pasaría y la volvieron a colmar de caprichos sin mirar sus ojos, que de tristeza estaban llenos porque no podía comprender que estaba ocurriendo.

Joseph llamó a Abded por teléfono para explicarle la situación, pero el egipcio le dijo que se las arreglara por si mismo, porque el no podía ir, y enviarla de nuevo a su país era todo un problema.

 

La pequeña se fue encerrando cada vez más en si misma y  los regalos poco le importaban. La exageración de su madre adoptiva respecto de sus cuidados y atención comenzaron a resultarle insoportables. Comenzó a tener problemas con la alimentación, se negaba a comer y solamente ingería la cantidad, que de forma obligada, le daba su madrastra. Joseph y Silvia comenzaron un largo recorrido de médicos sin que ninguno de ellos encontrase nada insano en su salud. El último que visitaron les recomendó que la dejasen a comer en el colegio al mediodía. Hablaron con su tutor y poniéndole en antecedentes de su problema, siguieron el consejo del especialista. Fue una sorpresa para todos el que empezase a comer bien, rodeada de sus compañeros y aunque durante los desayunos y cenas seguía sin mostrar apetito, con el tiempo fue mejorando de forma ostensible y recuperando algo de peso.

 

Así pasaron dos años más y cuando Sarah cumplió siete, la cambiaron de colegio para que pudiese completar sus estudios.

La niña se sentía diferente a los demás. Se había acostumbrado a sus pequeños compañeros y éstos además de desconocidos eran mayores que ella. Y cuando a la salida encontraba a Silvia, aumentaban su tedio y melancolía.

La posesión de la chica iba en aumento, no le estaba permitido salir con amigos y si hacía alguna fiesta, ésta se celebraba bajo la atenta mirada de Silvia, que consideraba que era la mejor manera de cuidar a su hijastra.

Ningún niño le parecía bueno para ella y sus amigas también eran despreciadas por la madre. Joseph que la adoraba y hablaba mucho con ella, estaba cegado por lo que le contaba su mujer y creía a pies juntillas que no había nadie que fuese adecuado para su hija. Por otra parte, temía que fuese juzgada por el color de su piel y aunque era una niña muy hermosa, pensaba que podía sufrir  por ello.

En ningún momento se planteó adoptarla de un modo legal, de alguna manera, estaba por encima de las leyes y se sentía bien así; no había tenido contratiempos y su poder, consecuencia de su situación social, le daba seguridad.

 

El aislamiento de Sarah era una realidad contra la que no podía luchar; solamente trataba a los amigos que poco a poco fue haciendo en el colegio.

Comenzó a pensar como los adultos, desde muy niña, sin tener libertad; sus tentativas de vivir estaban siendo zanjadas y sus padres adoptivos decidieron que ingresase en una escuela de ballet para que se animase y obtuviese una formación artística. Sarah, que no pudo hacer otra cosa más que aceptar, comenzó a bailar la danza de las impuestas miserias.

 

Y un día en el que lluvia caía por la ventana del salón de baile, ella imaginó que era una de las gotas que se deslizaba silenciosa para ir a caer al suelo; en esos momentos sintió agradecimiento por la vida, pero la exigencia y el control eran excesivos en su casa y persistían en su negativa de contarle cual era su procedencia. Se convirtió con los años en una bailarina de fama internacional, acompañada por el gran enigma de su origen y por su inalterable madre que no la dejaba sola en ningún lugar y mucho menos tomar decisiones propias. Solamente sentía libertad en el baile.

 

Una noche, cuando creía que  todos se habían ido, comenzó a danzar sin música, un bello cuadro en el que ella se sentía libre. Su profesora estaba observándola, pero de pronto salió y le preguntó con suavidad:

 

-¿Qué pieza estás bailando?

 

Ella respondió, con una sonrisa en los labios:

 

-Bailo el silencio de mi vida en la danza sigilosa del firmamento.

 

Su maestra improvisó al piano y entre ambas, compusieron una de las piezas que la hicieron más famosa y pudo  viajar a otros lugares sin la constante vigilancia de su madrastra; la profesora habló con ella y llegó a conformarse con la situación. La llamaron Sigilosa danza. Bailaba solamente acompañada por las suaves notas del piano, y cuando la interpretaban, los aplausos retumbaban en los teatros.

Ocurría algo llamativo al empezar la obra, fuese cual fuese el tiempo, el cielo le regalaba algunas gotas de lluvia para que ella pudiese verlas caer a través de los cristales.

 

 

MMC ©

 

 

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Jardines colgantes

 
 
 

El gran saurio de la civilización

tiene edificios en las escamas,

sinónimo de su abstracción

sin tiempo en los jardines colgantes.

 

Por el mar atraviesa barreras

que la naturaleza impone sin tregua

ascendiendo sobre el cemento

la energía vital del origen.

 

Pero……

 

La fuerza interior del león

permanece con sosiego

rodeado del resplandores

luminoso de las farolas.

 

MMC ©

 
 

Un acto de captura

 

Abandonar no es sólo un verbo

puede ser coacción,

al crear de forma polar,

con una ausencia…

la necesidad de estar presente

por simple inercia mental.

 

Impulso incognoscible

por el ser despreciado,

que se encuentra desbordado

por extraños sentimientos

sin mediar su voluntad.

 

Es un acto de captura

y falsa realización

de aquel que intenta demostrar

un magnetismo inexistente

disfrazado de verdad.

 

¡Sutil manera de crear culpables

allí donde no los hay!

 

Y flota en el aire…

¿Porqué?

 

Sin respuesta.

 

MM©

 

 

 

 

 

Sin Centro de Gravedad

 

 

Una fuerza centrípeta…

da sentido a las rectas

para cambiar su camino

hacia curvos canales.

 

Los hallazgos  arqueólogicos

imponiéndose sobre realidades

con la imaginación al descubierto

en la transposición corpórea

de sus etéreos restos.

 

Sin centro de gravedad

ni latitudes referentes

predomina una fuerza centrífuga

y su energía de destrucción

se propaga por imitación.

 

Encuentro…

Energía tanática y erótica.

La naturaleza y su conciencia

determina que Eros tenga la última palabra

y que no se ciernan las sombras

sobre el Planeta Tierra  y sus descendientes

 

MMC ©

 

 

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